
David Lynch es un director al que muchos le tienen idea, miedo o directamente bronca. Es un cineasta fuera de línea, que va por la cornisa y que sólo ve pasar el viento como si fuera un ave en extinción. Yo lo descubrí tarde y supuse que estaba loco. Llegué a esa tonta conclusión luego de ver (por la mitad digamos) "Eraserhead (1976)", una película fumona y alocada. Recuerdo que mientras observaba el film cada vez entendía menos de qué iba la cosa, pero me contentaba con los juegos de trasluces y con los blancos-negros mezclados con polvo y fueras de foco.
Después de un tiempo vi "Lost Highway (1997)", un film muy sombrío que en muchos momentos rozaba un suspenso demasiado cruel. Si me preguntan de qué se trata, no tengo la menor idea, o al menos, tengo alguna que otra tibia interpretación, pero lo importante es que el tipo me atornilló en la silla y no dio respiro.
Algunos dirán que lo que hace es una porquería, que no tiene rumbo fijo y que ni él sabe lo que filma. Otros aseverarán que conoce muy bien lo que hace y que busca generar emociones en el espectador diferenciandose de las típicas pelotudeces de Hollywood. No sé, sólo sé que Lynch es un artista y que lo terminé de querer después de ver "MulHolland Drive", una verdadera obra de ensueño estrenada en el 2001.
Ni siquiera sé como contar la sinopsis. La cinta es una verdadera carretera perdida que de a poco te va borrando la cabeza. Puedo decir que la trama trata sobre una joven alegre y campesina (Naomi Watts) que llega a Los Angeles con el propósito de ser una actriz de renombre, y que se aloja en el departamento que le prestó su tía. Allí se encontrará con una mujer amnésica (Laura Elena Harring), sobreviviente de un brutal choque automovilístico en la ruta de Mulholland Drive. A partir de ahí se entrecruzarán historias que generarán confusiones absolutas e imperdibles en el espectador, pues nada es lo que parece. El film no se deja agarrar la mano, Lynch forma un diagrama bien escurridizo y logra su contundente objetivo: descerrajar la mente.


